¿Y tú sabes quién era Santiago?
Casi nadie lo sabe. Se anda un mes entero hacia su tumba sin haberlo sabido nunca.
Te lo contamos. Con calma, y sin ir de listos.
Antes de que hubiera Camino, hubo un hombre.

Y ese hombre no era santo, ni obispo, ni rey. Era un pescador.
Se llamaba Jacob. Trabajaba en el norte de Israel, en un lago que sigue existiendo hoy: el mar de Galilea. Pescaba con su padre Zebedeo y con su hermano pequeño, Juan.
Un día un carpintero de un pueblo cercano le dijo: «deja las redes y ven conmigo». Y las dejó.
…y tu primo.
«¿Jacob? ¿No se llamaba Santiago?»
Sí. Pero es que Santiago es Jacob. En hebreo — el idioma que él hablaba — era Ya'akov. En griego pasó a Iákobos. En latín, a Iacobus. El mismo nombre que hoy sigue existiendo en español como Jacob o Jacobo.
Cuando lo hicieron santo, en latín se le llamaba Sanctus Iacobus: «San Jacobo». Y aquí viene el lío bonito.
En la Edad Media la gente gastaba las palabras hablando rápido. Sanctus Iacobus → Sant Iaco → Sant Iago → Santiago. De tanto decir «Sant Yago», se juntó en una sola palabra.
Pero eso solo pasó en España. En otros idiomas, ese mismo hombre se llama de otra manera:
Hijo del Trueno.
En el evangelio de Marcos, Jesús les pone a Santiago y a su hermano Juan un apodo raro: Boanerges, «Hijos del Trueno» (Marcos 3:17).
Nadie sabe exactamente por qué. Se cree que era por el carácter: impulsivos, apasionados, de arranques. En un momento del evangelio, los dos hermanos ven que en un pueblo no les reciben bien, y le proponen a Jesús:
Fuego del cielo. En serio. Jesús los frena.
Fue el primer apóstol al que mataron.
Año 44 después de Cristo, más o menos. Herodes Agripa — nieto del Herodes que sale en el nacimiento de Jesús — estaba persiguiendo cristianos en Jerusalén. Manda decapitar a Santiago.
Lo cuenta la propia Biblia, en los Hechos de los Apóstoles:
Es el único de los doce apóstoles cuya muerte cuenta la Biblia con nombre, fecha y método. Tendría unos 45 años. No habían pasado ni quince desde la muerte de Jesús.
¿Y cómo acaba en Galicia?

Aquí es donde la cosa se pone interesante.
Porque el hombre muere en Jerusalén, en el año 44. Y ochocientos años después aparece una tumba en un bosque de Galicia, y alguien dice «es él».
Ochocientos años. Cuatro mil kilómetros. Y ni carreteras, ni barcos como los de ahora, ni nada.
¿Cómo llega ahí?
Hay dos versiones. Como todo lo bonito de esta historia. Te contamos las dos.
La Traslatio.

Cuando Santiago muere en Jerusalén, dos discípulos suyos — Teodoro y Atanasio — cogen su cuerpo y lo llevan a la costa. En el puerto de Jaffa (hoy Tel Aviv) encuentran una barca. No una barca cualquiera: una barca de piedra. Sin remos y sin vela.
Se meten dentro con el cuerpo. Y la barca sale sola. Cruza el Mediterráneo entero, pasa entre las columnas de Hércules, sube por el Atlántico, y en siete días llega a un río de Galicia: el río Ulla, en un sitio que hoy se llama Padrón.
La barca amarra en una piedra. Y esa piedra existe todavía: está debajo del altar de la iglesia de Santiago de Padrón, y le llaman «o pedrón». De ahí el nombre del pueblo.
Los discípulos entierran el cuerpo en un bosque cerca de allí. Y ahí se queda ochocientos años, olvidado, hasta que un ermitaño llamado Pelayo ve unas luces sobre el bosque. Alrededor del año 820 o 830.
Los que estudian esto no se lo creen.
Y es honesto decirlo: casi ningún historiador serio de hoy cree que Santiago viniera a España en vida, ni que su cuerpo llegara en una barca de piedra.
El historiador José Miguel Andrade Cernadas, de la Universidad de Santiago, lo dice sin adornos: Santiago «probablemente jamás llegó a España». Y recuerda que la palabra latina del hallazgo, inventio, no significa «descubrimiento»: significa hallazgo… o invención.
¿Qué creer?
Nosotros no te vamos a decir qué creer. Ni aquí, ni en el Camino, ni en ningún sitio.
Los datos son los que son, y te los hemos puesto todos. También los que no juegan a favor.
Lo que sí te podemos decir es esto: el Camino no se hizo porque los huesos sean o no sean del apóstol.
El Camino existe porque durante mil doscientos años, gente de todas partes ha decidido caminar hacia esa tumba. Cristianos y no cristianos. Curas y ateos. Gente que reza y gente que hace mucho que no reza. Gente que va a pensar, gente que va a olvidar, y gente que va porque no sabe qué otra cosa hacer.
Todos ellos caminan igual. Todos ellos llegan igual. Todos ellos han hecho el Camino de verdad.

Un hombre pescaba en Galilea.
Le dieron un apodo, «Hijo del Trueno», porque era de genio fuerte.
Lo mataron con espada, joven, en Jerusalén.
Ochocientos años después, un ermitaño solo en el monte vio unas luces.
Mil doscientos años después, tú vas a andar hacia el mismo sitio.
Ese hombre se llamaba Jacob. Como tu primo Jaime. Como tu vecino Diego. Como tu amigo James.
Le llamamos Santiago porque en algún momento alguien empezó a decir «Sant Iago» muy rápido, y se quedó así.
Y esta app se llama Estela porque Estela era la palabra que estaba dentro de Compostela. La vea quien la vea.
¿Y tú por qué lo haces?
Aquí viene gente que reza y gente que no ha rezado en su vida. Viene quien acaba de perder a alguien, quien acaba de salir de algo, quien no sabe qué hacer con su vida y quien lo tiene todo clarísimo. Vienen a pedir, a dar las gracias, a pensar, o simplemente a andar. Y todos son peregrinos. Todos. El Camino lleva mil doscientos años sin preguntarle a nadie por qué ha venido.
Nosotros tampoco te lo vamos a preguntar. Solo vamos contigo.